ImagenQuedando atrás un mes de febrero y sobrepasada la cifra de 5 millones de parados en nuestro país, existen comportamientos que se repiten día a día gracias a la actual coyuntura. Gente que decide dar el salto a una nueva vida y gente que sigue impasible observando como otros saltan. Y para ellos, los que saltan, están locos. Estamos locos.

Parece ser que todo aquel que mantiene un sitio de trabajo más o menos estable no tiene derecho a estar disgustado con el mismo ni puede rechistar por no sentirse a gusto. Se les intenta devolver a la senda de la vista baja con frases como, “tío no te quejes”, “ya me gustaría a mí” o “si quieres nos cambiamos, tú por lo menos tienes trabajo”. Y es cierto que tener trabajo es fundamental para sobrevivir en la trampa en la que vivimos, pero no es menos cierto que dedicar tiempo y esfuerzo a algo que no te satisface te acaba consumiendo. Los que decidimos cambiar a pesar de todo, no estamos locos.

Sin embargo resulta difícil dejar de pensar en la gente que día a día no para de quejarse de su trabajo sin hacer nada por mejorar o en aquella otra que simplemente está desempleada y solo encuentra descanso cuando achaca toda responsabilidad a la clase política.

Por otro lado, cuando llevas un tiempo madurando la idea y estás seguro de que quieres cambiar el rumbo de tu vida pasando a dedicar más tiempo a lo que realmente te gusta o apasiona, vuelven de nuevo frases de apoyo infinito como, “¿ahora?, ¡estás loco!”, “no sabes lo que haces” o “como está la situación y tú dejando el trabajo”. Resulta curioso, pero estas frases, lejos de afectarte, te hacen sentir más convencido de la decisión que acabas de tomar. Y entonces sabes que es lo correcto. Sabes que todo irá bien.

Es posible que los locos fracasen, pero al menos saben lo que quieren. No tienen miedo a dar el paso que separa a los que no paran de quejarse, de los que simplemente, no paran.

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